La historieta cómica
francesa Asterix el Galo, tiene tantos gags, mensajes
simbólicos y representaciones históricas, que sobrepasa con creces el reclamo
de cualquier público infantil. La obra creada por el guionista René Goscinny y
el dibujante Albert Uderzo, que se supone recrea un mundo ficticio al noroeste
de la Galia, alrededor del año 50 antes de Cristo, abusa de los visos
nacionalistas como el Elpidio Valdés cubano, pero su mensaje es
más universal y, por lo tanto, nació con la vocación de llegar sin esforzarse
demasiado a un público mucho más diverso.
Siempre me ha llamado la atención que en la estructura del
relato, basado en el acoso de una aldea gala, rodeada por cuatro campamentos
romanos, y considerada el último reducto de la resistencia ante el poder de
Julio César, el verdadero miedo de sus habitantes se centrara en la caída del
cielo sobre sus cabezas.
Hace poco, un viejo amigo, capaz de retorcer tus argumentos
e intentar estrangularte con ellos
mismos, me ofreció su versión del asunto adaptado a la historia de Cuba contemporánea. Según él, desde la
época de la Guerra Fría a esta parte, el verdadero miedo de los cubanos no ha
sido al enemigo extranjero (norteamericano o ruso), sino a la aceptación de la
política como confrontación. A saber
convivir con los puntos de vista diferentes del adversario. Y eso, insistía mi
viejo amigo, va más allá de Kennedy, de Obama o de Trump. De Nikita, de
Gorbachov o de Putin. (Por Sergio López Rivero)
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