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Libros de ayer y celulares de hoy

Entonces la colegiala sostenía el libro con una mano en el costal izquierdo de su tórax; sobre su seno, o sobre su corazón. El resto de la papelería iba en un carcaj que le colgaba hasta el muslo donde, a cierto nivel, friccionaba sobre una alfombra de rizos que una navaja prohibía extender hasta la rodilla. A esa frontera le llamaban "el cerquillo", porque el muslo es una versión duplicada de la frente.

En cambio el bádbado, colegial también, llevaba (por insolencia) la libreta doblada bajo el sobaco.

Hoy la colegiala no porta libros ni cuadernos; le basta con estrangular el teléfono celular en el bolsillo trasero del jean. La constancia de su paso hace cachumbambear bajo la banda de su cintura un letrerito que dice: "Motorola".

Eventualmente la bádbada se detiene. Acaricia con sus dedos el paralelogramo elocuente y, casi siempre, sonríe; y, a veces, se pone seria… Y continúa. Solo cuando el mensaje es importante ella desencartucha el cell como Billy el Niño y corre desesperadamente hasta su amigo para mostrarle lo que ha recibido. Lo lleva a mano alzada, en un ángulo pánzer, como si estuviera desfilando en las Olimpiadas de 1936.

Ese gesto muestra los límites de la comunicación cibernética: Cuando el mensaje la trae muy mala, o muy buena, no sirven los re-play, ni los me gusta o no me gusta, en ese segundo lo que se requiere es otro cuerpo presente para compartir la suerte. Como antes, como siempre. (Por Emilio Ichikawa)

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